Editorial

La gran familia humana

Han pasado ya varios días desde aquel 16 de abril en el cual un terremoto de 7.8 en la escala de Richter, con epicentro en el Cantón Pedernales, sacudió a nuestro país entero durante más de un minuto. Aquello provocó, sin exagerar, uno de los mayores desastres naturales ocurridos en nuestro país en toda su historia; todos los días las cifras se elevan, contamos nuestros muertos y desaparecidos por cientos y nuestros heridos y refugiados por miles.

Ante este hecho los ecuatorianos, latinoamericanos y el mundo entero han reaccionado de forma ejemplar, todos unidos bajo una misma bandera que no es precisamente la nacional sino la de la “dignidad humana”, todo ser humano es digno y toda vida merece ser protegida. Este desastre ha sacado a relucir ese sentimiento de hermandad que supera toda clase de fronteras y barreras.

Cuando sales a la calle, o vas al supermercado, a la universidad o tu lugar de trabajo, solo puedes sentir en carne viva lo que significa la palabra “solidaridad”, ¡Ojo, no caridad! Personas tan diversas pero tan iguales, organizadas de distintas formas, ya sea para realizar colectas, entregar donativos o participar como voluntarios. Una auténtica cadena humana de ayuda.

Hemos estado a la altura del momento, pero no debemos perder de vista que el reto al que nos enfrentamos recién empieza y que nos encontraremos ante nuevas problemáticas que no podemos al momento siquiera imaginar. El desastre no terminó con el cesar del movimiento, las necesidades más básicas y elementales de los seres humanos afectados no se solucionarán con un solo acto, ni en el corto plazo.

Es nuestro deber como seres humanos, y mucho más en momentos de emergencia, ponernos en el lugar de los que están sufriendo y reaccionar. Pero tampoco olvidemos que es nuestro derecho y obligación exigir a nuestro Estado y a la empresa privada reaccionar con la misma fuerza y responsabilidad que todos los demás, reclamar que nos provean de la información necesaria, pedirles rendición de cuentas y también la posibilidad de sancionar su deficiente acción u omisión.

Nuestros hermanos y hermanas afectados necesitan de nuestras manos solidarias hoy pero todos requerimos ojos y oídos veedores, así que desde nuestros trabajos y de nuestro rol de ciudadanos debemos ser constantes y mantener alerta el sentido crítico hasta que podamos decir: “la reconstrucción terminó con éxito rotundo”.

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