EDITORIAL

INJUSTICIA E INDOLENCIA

Por:Santas Vainas

Un ciudadano extranjero conduce plácidamente su vehículo en una transitada auto ruta. De la ruta contraria es proyectada una persona, víctima de un fatal atropellamiento. Del detalle que cuenta el extranjero sabemos que lo que le llueve del cielo es ya un cadáver. El cuento chino se queda corto al lado de éste. Si el conductor se detiene ¿cuál creen que será la consecuencia? ¿No lo adivinan? Más de dos años en la cárcel intentando probar su inocencia. Los policías que lo conducen, los fiscales que intervienen, el sistema de justicia en general coinciden en una sola cosa: si hay un muerto debe haber un responsable y por lo tanto hay que acusar a alguien y hacer todo lo posible por condenarlo.

Veo las fotos de un homicidio, las analizo con atención. El cadáver tiene múltiples heridas producidas por un cuchillo de cocina repleto de sangre. También tiene huellas de haber sido estrangulado con una correa blanca y ancha, como aquellas que usan los mariachis en su vestimenta. La correa permanece quieta en la escena del crimen. En uno y otro instrumento se pueden observar a la distancia innumerables huellas, de quien ciertamente los manipuló, lo que podría identificar eventualmente al autor de esa muerte. Cuando reviso el expediente puedo observar dos años y medio de gestiones inútiles y ningún rastro de investigación sobre los instrumentos del delito. No hay personas acusadas y nadie sabe lo que ocurrió. Más de la mitad del expediente de cientos y cientos de fojas contiene solamente el incidente de entrega del vehículo del mariachi a su cónyuge.

Conozco a una joven mujer estadounidense y me sorprende lo bien que habla el español. Nos hacemos amigos y me confiesa que ha vivido situaciones de espanto en este país. Cuenta que sufrió un secuestro, fue maniatada, drogada y obligada a entregar sus tarjetas y sus claves. Tuvo miedo de ser asesinada pero le bajaron en un lugar alejado en paños menores. Varios días después, cuando se recuperaba de su mala hora pudo reconocer a sus agresores, que habían sido detenidos en otro operativo. Corrió a entregar testimonio y reconocer a sus captores de viva voz. Varios años después ella está pensando dejar el país porque cada vez que ha insistido por el proceso en que ella fue víctima, lo que le han dicho es que a ella le corresponde agilizar, así lo ha hecho pero está cansada y, es más, ha sufrido amenazas.

Me reúno con un grupo de activistas que buscan a sus familiares desaparecidos; me conmueve encontrar a gente a la que ya he visto comparecer ante los medios, pero otra cosa es estar cara a cara. Cada historia es peor que la otra. Pero una que me revuelca es la de un señor que reclama por la desaparición de su hijo hace ya cuatro años y medio. Dice que ha hecho todo lo que estuvo a su alcance pero que lo que no pudo es reunir a 43 personas de distintos países para que vinieran a declarar en condición de testigos. ¿Cómo? Sí, el sistema de justicia penal ecuatoriano exigiría, según este pobre hombre, que los 43 testigos se acercaran a declarar antes de progresar en la causa. Su hijo había asistido en la jornada anterior a su desaparición a una reunión religiosa en el Oriente ecuatoriano y cualquier adelanto del caso estaría atado a la posibilidad de que todas y cada una de las personas que se toparon con él declararan en el proceso. ¿Qué sería del caso si su hijo hubiera asistido a un estadio colmado de hinchas?