OPINIÓN

Responsabilidad con los migrantes

Por : Santiago Argüello Mejía

La tierra no es nuestra… nosotros le pertenecemos a ella, insisten con frecuencia los pueblos ancestrales. Y la extensión deseable sería la tierra en su conjunto nos pertenece a todos y a todas, o en el mejor de los casos la humanidad le pertenece a ella y es su responsabilidad cuidar de la naturaleza que le alberga. El encanto de una declaración tan difusa nos seduce: derechos de la naturaleza, ciudadanos del mundo, ciudadanía universal, fronteras borradas, todo suena a himno a la alegría.

La traducción necesaria es una tarea infinita por cumplir: la quimera de acabar con el rumor de las armas y la competencia universal, tanto como borrar fronteras en nuestra conciencia, para luego borrarlas en la realidad empezando por las que están más cerca de nosotros; un concilio de hermandad que empieza por casa. Nada más cristiano y puro que “amar al prójimo como a uno mismo”, pero el mandato es universal y nosotros mismos no podemos alejarnos demasiado del lugar al que pertenecemos porque inevitablemente nos volvemos “extranjeros”, por más que ésta sea una condición que quisiéramos borrar de nuestra propias fronteras.

Pero esta traducción tan apropiada y convincente puede caer en el limbo del ideal ilimitado, por efecto de que las bellas consignas de paz y amor a la humanidad pueden borrar las obligaciones inmediatas y cambiarlas por un aliviador discurso exculpatorio. Esta es nuestra parcela, se llama Ecuador, en ella hemos construido nuestra casa, nuestras identidades y quisiéramos también construir nuestro futuro, en un espacio seguro y libre a la vez, con un cielo límpido y positivo para nuestros hijos e hijas. Nada ha cambiado en el globo que nos haga pensar que la codicia de los poderosos disminuya y que los ricos se vuelvan menos ricos y los pobres menos pobres… Cuidar de nuestra parcela, hacerla más habitable y prometedora, mirar por el conjunto de los países amazónicos, buscar los mejores acuerdos inmediatos con los pueblos de la Región Andina, para que ésta se convierta en nuestra familia extendida y podamos ir sin reservas de un lugar a otro sin convertirnos en extranjeros, constituye ya una tarea incumplida en la que estamos llamados a persistir.

Al margen de las propuestas y razonamientos más y menos románticos, las personas y los pueblos se han movilizado siempre. Cada vez más por caminos más estrechos y cada vez más por razones económicas. Los indígenas de la parte alta de Guatemala se van a la cosecha del maíz del otro lado de la frontera y uno se pregunta por qué lo hacen si las tierras de su lado producen el mismo maíz: muy simple, del lado mexicano el dueño de la tierra les da las tortillas a más de igual salario. Esa sola diferencia les hace cruzar la frontera y hacer caminatas que duran varios días hasta instalarse en una finca donde venden por tortillas su fuerza de trabajo. Y la realidad se multiplica en todos nuestros países, cuando los que logran ser rescatados de una débil embarcación del medio del mar reiteran su voluntad de volver a intentar el viaje mojado, de ser necesario para vivir en una caverna. Lastimosamente no en sentido figurado si alguien cuenta que en Almería para la recogida de frutas usan inmigrantes, a quienes les ofrecen trabajo y un tubo de alcantarilla en hormigón que debería servirles de vivienda.

Al margen del discurso embellecedor de la realidad, en el delicado tema de la movilidad humana la responsabilidad está absolutamente delineada: tres millones de compatriotas fuera de las fronteras muchos con necesidades elementales de protección y socorro, para quienes la mano del país debe extenderse con democracia inclusiva, derechos e inversión cultural; al mismo tiempo que ciudadanos del mundo llegan desde países fronterizos, tanto como otros que requieren la certeza de una legislación de acogida y el destierro de un sentimiento de criminalización de la movilidad humana que, no la queremos para ellos, ni para quienes la miseria ha expulsado de nuestras fronteras en busca de otro horizonte.

Si con el tiempo y las aguas se volvieran borrosos los principios de la ciudadanía universal y de la supresión de la condición de extranjero, invocados con fuerza por el legislador de Montecristi, igual se dibujaría con claridad meridiana la necesidad de superar el armatoste jurídico migratorio construido por la dictadura y la deuda incumplida por la Asamblea Nacional para crear un Código Integral de la Movilidad Humana. Por algo habría que empezar.